Qué linda que es la época de vacaciones! Uno se pone ansioso, empieza a hacer cosas que de otra manera no haría. Hay alegría, pero a la vez nostalgia. Hay tranquilidad, pero a la vez vértigo, porque uno siempre tiene que hacer, planificar o investigar cosas de los lugares a donde se está yendo (Aclaración para los analfabetos que leen este blosssss: yendo va con "y" de yoghurt, de Yamila porque viene del verbo ir que también va con i pero latina, como el "che" Guevara).
Yo, por poner un ejemplo, estoy en este momento planeando mis vacaciones y estoy "a mil" con la organización. Que buscar lugares para hacer excursiones, que ultimar los detalles del viaje, que armar las valijas, que dejar todo listo en el laburo para que no haya problemas. Así y todo, en estas vacaciones hubo que hice que jamás había hecho (es decir, ni siquiera cuando no estaba preparando un viajecito): me agarró la compulsividad. Sí, estoy comprando cosas a morir. No me para nada.
Sin ir más lejos, estuve todo un sábado entrando y saliendo de las casas de ropa, probandome remeras, pantalones, zapatos; todo lo que se les ocurra. Para aquellos que no me conocen, esto que hice le resultará algo común, algo que haría cualquier persona en cualquier momento de su vida, algo necesario para vivir. Bueno, no es mi caso. Yo siempre me las arreglé para no tener que ir a comprarme nada, ya sea porque recibía ropa para las fechas en donde se regala (cumpleaños, Navidad, Reyes, Día del Niño, etc) o porque recibía ropa de usada (también conocido como "Síndrome de familiares más grandes").
Es íncreible la cantidad de gente que hay de shopping. Nunca lo hubiese imaginado. La distribución sería algo así: 90% mujeres, 9% hombres con cara de traste porque las mujeres les destrozan la tarjeta, 1% personas que no tienen más gente que les provea de ropa o que la madre les dijo que ya eran grandes para irse a comprar ropita solos. En algún momento haré un capítulo de Los Personajes de Siempre con estos seres comprantes.
Pero volviendo al tema que nos trajo hasta aquí, las vacaciones son de lo mejor que nos puede pasar. Y uno puede darse cuenta cuando alguien se está por ir porque, por decir algo, los apáticos se transforman en gente amable; porque los que son tipos un poquitos nerviosos se quedan pelados o simplemente porque a algunos les vuelve el color a la cara.
Muchas veces me pregunto para qué sirven las vacaciones. Eh! No se adelanten, viejo... que impacientes! No soy un dolobu, terminen de leer antes de juzgar...
Les decía, uno siempre cree que las vacaciones son para descansar, para relajarse, para empezar el año "con todo". Pero es en relidad así? Veamos...
Pongamos el ejemplo de un tipo como yo (para los que no me conocen soy fachero, exitoso y muy humilde). Antes de irse, uno se llena de stress por los preparativos del viaje, a lo que hay que sumarle lo que vino acumulando durante todo el año (si es que se toma vacaciones todos los años...). Estando de vacaciones en el lugar paradisíaco elegido, uno tiene que hacer cola para itr a comer a un restaurante (se lee "restorán"), cola para ir a las excursiones, lugares llenos de gente (que, si tenemos suerte, huele bien). Si uno va a la playa, están los pibes que juegan al fútbol y nos pegan con la pelota o los piolas que pasan caminando tan cerca de uno que lo terminan convirtiendo en "milanesa". Si estamos en un lugar tranquilo, como ser la montaña, no falta el tipo que va con el auto y pone su super-archi-mega-extra-large stéreo a tod volumen para romper con nuestra paz. Ni hablar si vamos con niños...
Si pudimos descansar algo en las vacaciones, ese descanso sólo sirve para poder soportar el viaje de vuelta. Vuelos retrasados, embotellamiento en las rutas, fallas del auto, las peleas de los chicos en el asiento de atrás porque no quieren volver...
Pero falta la cereza en el champagne: la vuelta al trabajo. Es muy probable que la pila de trabajo que hayamos dejado no esté más y que la hayan reemplazado por una que contiene ¡el doble! de laburo. Entonces, no sólo uno tiene que sacar en la mitad del tiempo el doble de laburo, sino que además se tiene que tomar unos minutos para comentar lo "bueno" del viaje, para mostrarles fotos y, por sobretodas las cosas, para que uno entregeue lo que haya traido como souvenir.
No olvidemos que este procedimiento se repite para familiares y amigos, los cuales estarán ansiosos de venir a nuestra casa a picotear algo, a ver las fotos que hayamos sacado y a escuchar la historia que, a esa altura, ya hemos contado más de 1000 (un mil) veces.
Se acuerdan como empecé el post? Bueno, ahora creo que las vacaciones no son más que un cúmulo de stress cuando en realidad creemos lo contrario. Lo que es el poder de la mente... Me parece que voy a cancelar mi viaje. Perdonenme, ya vuelvo.
Bon voyage!
martes, 18 de diciembre de 2007
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